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trazado del boulevard dio a N de la Riestra un rasgo de identidad
único, fundacional e inalterable en el tiempo. Nadie puede imaginar una
estampa riestrense sin relacionarla con el boulevard. Esta
iniciativa, es obra de un visionario, Don Justo P. Desiervi quien,
acompañado de otros vecinos, lo gestionó. Luego, desde
la banca de Concejal, concretó la imposición del nombre de "Sargento
Cabral" |
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Corralera y Chiripá
Corralera y Chiripa. En una visita que hice a TRENQUE
LAUQUEN fuimos a recorrer unas casas donde venden ropa, aperos
fajas, ponchos, bombachas, alpargatas y todo lo relacionado con la
tradicion, que tanto gusta a los porteños, conocedores por supuesto.
En unas perchas a la entrada de un negocio colgaban varios chalecos, las
famosas corraleras, de color negro con claveles rojos bordados en la
delantera, sin mangas, cortas y sin botones. En ese momento
retrocedi en el tiempo, incfreiblemente rapido y me vi desde la puerta
de casa que daba a una calle interior que por su ancho la
llamabamos la callecita. Ahi venian a descargar las bolsas de cereales,
los cfarros y chatas de las estancias vecinas. Los galpones eran
enormes, con puertas corredizas por donde aparecian los peones para
llevar las bolsas a apilar y los estibadores expertos en hacer las pilas
. Los otros llevaban las bolsas al hombro - hombrear lo llamaban.
En verano cuando el ! calor era insoportable, los peones no usaban
bombachas, ni camisa, se vestian con corralera y chiripa. Al chiripa lo
usaban solo, sin el calzoncillo cribado, lo envolvian alrededor de la
cintura como los nativos de loa Mares del Sur usan el pareo, que
nosotros adoptamos para la playa.Tambien el chiripa tenia claveles
bordados, como se4 lo sostenian no lo recuerdo. La corralera era su
compañera. Ademas usaban un pañuelo al cuello y un chambergo de
fieltro que cuando se lo cfalzaban bien adentro les cubria las orejas.
Al hombro una bolsa limpia. Lo primero que se estilaba era quitar la
tapa de atras por donde se sacaban las bolsas. El que subia al costado
para tirarla ya tenia una apuesta he4cha. Si la tapa caia a lo largo.,
parada, le pagaban la copa y si caia al piso el tenia que pagar a los
otros. Menos mal que no eran muchos los apostadores. Por supuesto esto
se podia hacer porque el piso tenia un colchon de arena que la podia
sujetat. Cada changador se paraba preparado! para recibir la bolsa y
cuando esta ibha cayendo el se acomodaba agachandose un poco ppara no
recibir todo el peso de golpe y ahi venia el usu del sombrero, era para
protejer la oreja de semejante bulto sino con el tiempo no la tendria.
En cuantos segundos pense en eso no lo se, pero te aseguro Maria del
Carmen que ni la mejor computadora lo hubiera registrado, y hasta me
acorde que uno de mis hermanos quisi probar y recibir una bolsa y
aterrizo con bolsa y todo. Una vez lei en la Revista de Occidente -Eapaña
que todas las culturas tienen rasgos y usos comunes y decia que el
chaleco, el bolero y los distintos ponchos son corrientes en
muchos pueblos y los usaban , a veces primero la nobleza.Como se ve las
culturas siguen un mismo camino y es muy interesante trata de descubrir
similitudes..
Lycha Grana
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Aquel día que llovieron
sapitos
Era un atardecer,
el tiempo inestable, hasta que se desató la tormenta, viento y agua por más
de una hora y luego la lluvia siguió, pero lentamente. De pronto comenzó
a escucharse un golpeteo sobre el techo. No fue por mucho tiempo y cuando
todo estuvo en silencio mi madre nos llevó al jardín. No podíamos creer
lo que veíamos: sapitos saltando para desaparecer entre las plantas. Eran
muchísimos y pequeñitos. Esperamos luego, hasta que nuestro padre regresó
y quisimos contarles, todos a la vez, lo que había sucedido. A él no le
llamó la atención creía que una especie de tromba los levantó de una
laguna y luego cayeron.
Esto ocurrió antes de 1930 y conversando con un amigo, me comentó
que alrededor de 1940 una experiencia parecida la había tenido cruzando
el campo de la estación. Llovía y de pronto algo empezó a golpear
contra el paraguas. Miró el suelo y se encontró rodeado de sapitos que
se dispersaban en odas direcciones. Me hubiera gustado verle la cara de
asombro que tendría en ese momento. Mi hermano me confirmó que él también
los había visto en su casa. Todos eran pequeños como los que había
visto en mi infancia. La última experiencia la tuve el año 2001. No
escuché ningún ruido extraño, pero cuando salí al jardín estaban ahí
saltando entre las plantas y tardaron mucho tiempo en desaparecer. No
puedo saber si eran de una especie que no crecían o luego se convertían
en sapos adultos y grandes.
Lycha
Grana
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Cuando
volaban los panaderos
Durante
el verano de 1961 el calor hacía volar los panaderos que descendían
lentamente como estrellas portadoras de buenos augurios. Agitábamos
nuestras manos para atraparlos.
-¡Tiene pan! ¡Tiene pan!
Y le susurrábamos un deseo.
Todas las tardes caminábamos unos tres kilómetros
desde el final del Otro Pueblo hasta la Iglesia Santa Catalina de Siena.
Allí estudiábamos el catecismo para nuestra primera comunión que nos
daría -el 6 de enero- el padre Palazzolo, alto, sonriente, de ojos
grandes y expresivos.
Cuando veía salir a las chicas de Píppolo -Susana
y Mirta- de su casa todavía más lejana, preparaba mi sombrero de paja y
la mantilla.
A la ida caminábamos calladas. Para no cansarnos
aprovechábamos la tierra asentada de la huella en la arena caliente.A la
vuelta, en cambio, sería por el fresco reparador del sol declinando o por
la costumbre de entonces de golpear las manos en casas para pedir agua,
nos mostrábamos más vivaces.
Entonces atrapábamos panaderos en los cardales y
buscábamos nuestras propias huellas invertidas para volver exactamente
por donde habíamos venido.
Ni la arena ni otros caminantes las habían borrado.
Era así la soledad en el campo.
B. Marín Peralta, 1961
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El
primer día de clase
El inicio de clases se había retrasado, había que cerrarle las puertas a
la polio.
Mi persistente curiosidad no podía esperar, demandaba el libro Upa,
algo así como el libro sagrado de las primeras letras. ¡Bellísimo!
La Srta. Raquel (*) y mi abuelo, para
junio de ese año, ya me habían enseñado a leer, a escribir y a
hacer cuentas. Pero todavía no había podido usar guardapolvo blanco,
maravilloso atuendo que a mis seis años les daría el pasaporte a
la escuela, ese lugar donde van los que... ¡Ya son grandes!.
Las vacunas van ganando, ya se puede abrir el cerco.
Se acercaba el día esperado. Iría a La 20. Comenzaron los
preparativos. El guardapolvo lo cosió mamá, los zapatitos
marrones, con pulserita y botón y los zoquetes blancos eran nuevos.
El ritual familiar no se detenía. y...¿el portafolio? Carlitos,
el hijo de doña Martina Quiroga, tenía uno que ya no
usaba. Me lo regaló. Justo para mí, el cuaderno, la cajita de madera con
los lápices de colores, la goma y el lápiz negro. Nada más. Era
de cuero marrón, pero con rayones, mi abuelo lo lustró. Quedó brillante.
¡Como nuevo!
Me desperté temprano ese día.
- No te apures que vas a la tarde, todavía tengo
que planchar el guardapolvo.
¡Cuántas tablitas tenía! El almidón de la caja amarilla con letras
coloradas ayudaría.
-
Al-mi-dd-ón Cool- mman. ¡Lo leí, lo leí!
Plancha a nafta, rociador y mucho esmero. Quedó precioso. Las cintas
nuevas para las trenzas, ya están listas.
Comienza la cuenta regresiva. Última lavada de cara, manos, peine y
algún tirón. ¡Al fin me lo puse!. El moño también está
almidonado. ¡Cuidado!, no vaya a ser cosa que llegue arrugada a la
escuela. Derechita y de la mano empezamos a caminar.
Primera
parada, el almacén de Ortega, caramelos para el recreo. Un
poquito más y llegamos al boulevard, el piso está firme de tanta vuelta'el
perro. Unos golpecitos con cada pie y puedo ver el brillo de los
zapatos otra vez. ¡Qué ganas de sentarme en cada uno de
sus bancos para verme las tablitas una y otra vez. Pero el
guardapolvo está durito. Sigamos que se hace tarde.
Última
parada, la librería de la Sra. Amalia, el vasito plegable. ¡Imprescindible!.
Oímos la campana, cruzamos.
¡Cuántos chicos! ¡Nos habían tenido tan aislados con la epidemia! ¡Qué
suerte!, por la radio dijeron que hoy empiezan las clases! ¿No?
M.
del C. López Atencio
(*)
Raquel Biurrum

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Los "ucalitos"
tirados
Un
diciembre caluroso de la década del 60 llegué a Norberto de la Riestra,
preparada para pasar el largo verano en el rincón más alejado de la
localidad: la casa de mi abuelo Santos Peralta. Inmediatamente me
sorprendió la luz inusual del paisaje. Habían talado el monte de
eucaliptos.
-
Vinieron los del aserradero y dejaron los "ucalitos"
ahí tirados.
Recorrí
el devastador paisaje raspándome con las ramas, buscando los caminitos
acostumbrados. Pronto encontramos algunas troncos horizontales que nos
servirían de columpios. Ese verano saltábamos en las ramas con Marta y
Cuqui Ledesma, riendo al descubrir que podíamos tocar la punta de los árboles
con las manos. Equilibristas improvisadas, hicimos del monte talado
nuestra plaza de juegos. Pronto se incorporaron otros chicos del barrio.
Teníamos diez años.
Entonces,
pasaban las chatas cargadas de cereal, soltando la pelusa del trigo. Los
paisanos volvían los sábados de las estancias a dominguear en el pueblo.
Hace
pocos días se inauguró la placita de juegos para niños del barrio
Avellaneda enfrente de la que fue la casa de la Chola Vivas. La zona más
humilde de la localidad, dice el periódico La Mañana. Ojalá siga
habiendo personas comprometidas con los más desfavorecidos para
brindarles espacio de juegos, deporte, educación. Todo esto hará
posible, sin duda, una mejor calidad de vida y una convivencia más
armoniosa.
Bichi
Marin Peralta
3/8/2000

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Un día, no recuerdo el mes, de 1932, el
cielo del pueblo amaneció nublado, pero no era un nublado como tantos
sino mas gris y daba sensación de lago "pesado".
A medida que la manana avanzaba se noto
un silencio total de parte de los pájaros y aves de corral, solo
algunos perros ladraban y otros aullaban. De pronto comenzó a llover,
ceniza en vez de agua, en cantidad, tanta que las ramas de los arboles
se doblaban por el peso de las hojas. Recuerdo que mi madre mando a mis
hermanas a buscarme a casa de la señorita Nelida González, nuestra
maestra y mientras caminábamos de regreso a casa la ceniza nos cubría
el cabello, los hombros y los zapatos dejaban huellas como mas tarde
dejo el primer hombre sobre la luna, no se borraban, no soplaba viento.
En las primeras horas de la tarde todo termino y supimos que un volcán
de la cordillera de los Andes nos había mandado el mensaje. Hubo quien
junto ceniza pensando que podría usarla para reemplazar al polvo
limpiador, pero no sirvió, tenia un mineral que rallaba los objetos y
como dato llamativo, con el tiempo, si uno hacia un pozo, aparecía la
ceniza entre tierra y tierra, como el queso de un emparedado.Otro día les contare cuando llovieron
sapitos.
Lycha Grana

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Recuerdos de los viajes a Riestra
Conocí Norberto de la Riestra cuando era el niño mimado de la que
con los años sería mi Tía Beatriz, y luego madre de Bea una de las
autoras de esta página.
Ella vivía con su hermana Ofelia en un cuarto de la casa de mis
padres en Palermo, trabajaban en la desaparecida Casa Muñoz, (donde un
peso vale dos!).
Muchas veces me llevó con ella en las visitas que periódicamente
hacía a sus padres.
Los recuerdos arrancan desde el hall de Constitución, la
locomotora a vapor y un viaje largo, y no muy cómodo.
Del pueblo en sí mucho no me acuerdo, pero sí de la casa de don
Santos Peralta y doña Julia su mujer. Llegábamos en charré, cruzando la
tranquera había un caminito con una pileta y una bomba roja, que
desembocaba en la galería de la casa, a la izquierda la cocina a leña,
haciendo esquina la sala, y a la derecha los cuartos con unas camas altísimas
y con cobijas bien pesadas.
Las ventanas con barrotes a lo largo y con postigos de madera.
Hacia la derecha de la casa, al fondo, estaban los animales. El dueño de
casa era un paisanazo, lo recuerdo bajo la galería, alpargatas, bombacha
negra, faja, alguna vez le ví una rastra sencilla, camisa blanca, la piel
tostada y agrietada, el bigote blanco, y enmarcando una mirada franca, el
sombrero negro. De pie, algo encorvado, con el brazo izquierdo cruzado
sobre la cintura a la espalda, invitando a pasar. Doña Julia, con sus
anteojitos, y un husillo que me encantaba ver girar cuando hilaba la lana,
recuerdo que una vez (sería la primera noche?) me dijo "aquí no es
como tu casa, que bajas la palanquita y se prende
el foquito", entonces encendía las lámparas de querosen .
Desayunaba y merendaba unos mates cocidos con galleta inolvidables,
y cafés con leche que nunca se repitieron, porque todo era lindo, desde
el aroma que venía de la cocina y el crepitar de la leña quemándose,
hasta el gusto, y los tazones donde lo
bebíamos.
Con el hijo menor Alberto, eramos compinches y cuando salíamos
recorríamos siempre un camino que cortaba un montecito a la izquierda de
la casa, casi siempre
íbamos a la casa de Marcial.
Me impresionaban las inmensas chatas cerealeras que pasaban por el
camino, y cómo se hundían en la arena por el peso, pero caballos
mediante, seguían la ruta paralela a esos infinitos alambrados.Recuerdo
cuando se casó Ofelia, que actualmente vive
en La Riestra, viajamos toda la familia, era un día soleado, los esposos
llegaron a la casa muy felices y se escuchó el grito "Padrino
pelado!" a lo que el aludido respondía arrojando monedas, que los
chicos tratábamos de juntar entre risas, gritos.
Ese día mi hermano en un gesto de nobleza pretendió cambiarle un
hueso a un perro, porque vió que ya no tenía carne, la cosa terminó con
un tironeo, el diente del perro enganchado en el anillo de Mario, llanto,
y mi viejo perdiéndose el asado por llevarlo a una sala de primeros
auxilios.
Ricardo Chaneton
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Un
viaje en página a lo de mis abuelos
Cuando escuché las campanas
me transporté mentalmente y de repente estaba allí......entrando al
pueblo de mis abuelos,a la derecha la iglesia, la gente iba llegando, a
la izquierda el famoso boulevard con sus señores árboles y más allá
la estación con sus galpones de chapa y su clásico tanque de agua. A
la derecha, el andén y en un extremo y del otro lado del mismo, la toma
de agua de la máquina a vapor........y en mi recuerdo la curva sobre la
ruta y la vista desde uno de los últimos vagones de segunda, del humo de
la carbonera y el sonido de su bocina anunciando su paso a la ruta, pasando Uribelarrea.
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Lo
que sentí lo voy a decir así:
Cuando
la página vi
me
quedé emocionado,
y
mis ojos se inundaron
recordando
ese pasado.
Como
desafiando al tiempo
estaba
clavado allí,
el
color de los árboles
y
el olor a pasto vi y sentí.
Me
acuerdo del boulevard
y
del disfraz de Fantasía,
de
la tía Margarita...
qué
recuerdos, qué alegría...
Me
acuerdo del desayuno
de
la manteca de nata,
y
de mi tío Marcial
que
andaba en alpargatas...
A
la mañana temprano
cada
cual en una silla,
tomábamos
en la tazona
la
leche con cascarilla.
Recuerdo
los corbatitas
y
las palomas monteras,
recuerdo
que me decían
hay
que cerrar las tranqueras...

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Me
acuerdo que mi abuelo Santos
era
alto y buen mozo,
siempre
andaba de buen humor
y
le gustaba ser chistoso.
Mi
abuela Julia era fuerte,
mas
era un poco seria,
cocinaba
torta fritas
en
la cocina a leña.
Estoy
volviendo del viaje
al
presente otra vez,
entrando
a la casa
estaba
el viejo Ciprés.
Y
saliendo de la casa
a
la izquierda la Camelia
con
su tono color fucsia
que
es una flor muy bella.
También
veo el parral,
los
mandarinos y el nogal,
son
recuerdos de la vida
imposibles
de borrar.
Y
volviendo de La Riestra
a
la izquierda las lomadas,
y
volviendo de La Riestra
a
la derecha San Ramón,
agradezco
este viaje
que
Bichi y Maria del Carmen
regalaron
a mi corazón
Orlando
Vicente Guzzo
(Cacho,
Indio, Chaca) |
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Conocì La Riestra la tarde del cinco de
febrero de año pasado, pisando su tierra y mirando con los ojos
el pueblo, abrazado a Don Arnaldo Biurron, viudo de mi querida prima
Zulema Lombardi.
Fue Ella, que en el lejano 1975 hablaba
del suyo pequeño pueblito en mi a casa en Nodica, pueblito pequeño
cerca a ciudad como Pisa, Lucca, Livorno y otras, que nadie es igual
como distancia con vosotros, in Italia, pueblicito esta cerco a otro y
poco lejano desde la ciudad.
Con mi esposa Nerina prometemos a Zulema:
" si un dia iremos a Argentina, sin duda vendremos a tu casa".
Y ASI FUE
Vemos un cielo azul como nunca habíamos visto, un campo inmenso,
alambrado con vacas y terneros que pastaban, una inmensidad de tierra
cultivada jamás vista, maiz y soja, mientras el trigo ya estaba
cortado.
La noche y la manana llovió, al mediodía
se levantaron Dolores y Candelaria {las nietas de Arnaldo} que nos
saludaran con dos sapos que tenían en las manos y que habian tomado en
la hierba del jardín del abuelo .BENDITA NATURALEZZA!!!
Por la tarde fuimos a hacer visita y
conocimiento de Don Ernesto Baglietto y suya famiglia, padres de Hugo en
coche.
Como he dicho antes, había llovido, por
lo tanto el camino de tierra que hay para llegar a la casa, fue
una experencia por mi y Nerina que nunca olvideremos.
Grande manejador Hugo, el coche hundía
en la huella llena de agua,el barro lo pintaba de nuevo color, Adriana y
las niñas se reían como locoa, yo y Nerina pensabamos: NUNCA
llegueremos a esta casa. En cambio, llegamos!!
Familia estupenda, abrazos, besos, un cariño calientisimo.
Había en el jardin del frente a un árbol
muy grande y miramos las palomas salvajes volar, cuando llega Nestor y
me dice: ?te gusta esto árbol? Claro que si , respondo. Entonce quiero
decirte una cosa: no es un árbol, sino yerba!!
Me puse a pensar un momentito: es
verdadamente interesante visitar el mundo, en Italia nada de esto hay.
Nunca olvideremos la YERBA de
Nestor.
El dia siguente otra sorpresa: nos presento mi DIRECTORA, mi hermana
Raquel, La Señorita .
Dona estupenda que escribe oraciones que
es un grande placer su lectura.
CIAO, hasta luego para todos los
Riestrenses.
p.s.Es uno escrito de un italiano que empieza a conocer vuestra simpática
lengua.
Nerina Y Piero Pardella
Via Bovio,6 {C.P56010}
NODICA PISA ITALIA
Aclaración: El árbol es
el ombú , el cual es considerado una planta herbácea. Piero dice "yerba"
por hierba. Ma. del C.

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La Riestra vive en Nodica
Estabamos en aeropuerto a Eseiza
para la salida a Italia, todos muy tristes como son las despides.
Todos los parientes estaban con nosotros, un abrazo, un beso, cuando se
me acerca Maria Rosa Biurrum (hija de Don Arnaldo y Ihoia para quien la
conoce) y me da unos ramos de planta de flores y nos dijo: estes ramos
son de una que es crecida en el giardin de mi casa, fue mi Mama (mi
prima Zulema desaparecida) a ponerla en una maceta y a traermela a mi
casa, llevala a Italia y clavalos.
Les pusimos en una mochilla y cuando fuimos a casa les
clavabamos en una maceta reparada del frio del mes de marzo de italiano.
En el mes de mayo, que es caliente, lo pusimos en el giardin, al sol de
la primavera.
Los ramos eran como cuando le clavamos,todavia màs pequenas, sin ningun
sena de vida, por lo tanto les olvidè.
Un dia veo mi gato sobre una maceta al sol de la primavera : me acerco y
veo que es la que de lo
ramos,con la mano lo hago huir y veo que no està nadie de la planta,sin
embargo muchos suenos sin duda habia hecho el gatito blanco (asÏ lo
llamaban Dolores y Candelaria).
Tomé la maceta y la puse arriba y màs reparada. Después dos meses
habian crecido ramos nuevos con florecitos color rosa.
No nos olvideremos nunca como le gustan a Ihoia las flores y los arboles
(es una grande experta) y cuando viendrà de nuevo a Italia,queremos
podersela hacer ver todavia más grande..¡Feliz
Navidad!
Nerina
y Piero Pardella Nodica
- Pisa-Italy
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Recuerdos de Navidad
Muchas veces cuando veo tanta
ornamentación navideña por todo lados, luces titilantes, Papá Noeles,
villancicos a todo volumen,
guirnaldas que rodean las casas quedo prisionera del mismo interrogante ¿dónde
confluyen lo visual y lo auditivo con lo espiritual. ¿con tanta bambolla
nos acercamos o nos alejamos de la verdadera esencia de la Navidad?
Me atrevería decir que toda
esta puesta en escena navideña comenzó a instalarse y a echar raíces en
nuestro país con la llegada de la TV
a la mayoría de los hogares populares.
Recuerdo mi niñez en N. de
la Riestra, la década de los 50, pocas familias tenían luz eléctrica,
era el imperio del Sol de Noche, no había lucecitas, ni muñecos
con música, pero ese ajetreo pre navideño era muy tangible. Desde las
conjeturas infantiles sostenidas por mis cuatro
o cinco años de vida,
estaba convencida que la Navidad venía de la Iglesia, pero llegaba hasta
Berraondo y hasta el otro pueblo y hasta Pedernales y hasta donde mi
imaginación y mi ojitos alcanzaran. Estaba en todas partes. Y generaba
rituales pueblerinos que vale la pena recordar. Felizmente, en Riestra,
muchos se conservan y a los que vivimos en los grandes centros poblados
donde no se conoce ni del nombre del vecino,
recordarlos, nos acaricia el alma
.
Los días previos eran
preparativos litúrgicos para la Misa del Gallo y la de
Navidad, los
villancicos, la novena, las confesiones, se preparaban las mejores prendas
para estrenar en la misa. El cuerpo y el alma puestos a punto para la
ocasión. A la Misa del Gallo iba todo el pueblo. Todos los demás eventos
preparados por las distintas entidades,
comenzaban después de finalizada la misa. ¿Quién se iba a
atrever a desairar al párroco?
El menú clásico era asado,
lechón o cualquier otra carne bien sabrosa, las ensaladas eran las típicas,
la rusa y la de fruta, el pan dulce, las frutas secas y los turrones. Las
barras de hielo en las bateas o
en fuentones enfriando las bebidas. En este rubro había otra reina
indiscutida, la sidra, infaltable en la mesa familiar.
La reunión de la Nochebuena
era significativa, se esperaba con verdadero emoción el
nacimiento del Hijo de Dios, el Redentor y con entusiasmo la llegada de tíos,
primos y demás familiares. He aquí a otro gran protagonista en esta
historia, el tren. Ese monstruo grande y poderoso que traía casi
todo lo que llegaba a Riestra. Siempre. Pero el 24 de diciembre venía muy
cargado, con más vagones, apuesto que
también traía al espíritu navideño. A mi no me quedaban dudas.
No se usaba, como hoy, adornar
los pinos y no se vendían tantos árboles artificiales.
Pero yo ya había visto en el negocio de Polo Genovesio una velitas
de colores montadas sobre una pinza para adornar e ilumninar arbolitos. Mi
abuelo Eduardo con la sencillez y
la magia de su bondad y con sus escasos recursos se las ingenió para
improvisar uno árbol navideño con una rama y una lata de aceite de auto
a la que pintó y rellenó con cascotes y tierra. Me llevó al negocio,
que para mi era algo así como el Shopping de las Novedades de esa
época al cual sólo opacaba, su mejor competidora, la librería de
la Sra. Amalia, si la memoria no me falla. Ambos negocios tenían para mí
un atractivo especial, sobre todo si los visitaba de la mano de mi abuelo.
Y por fin tuve las famosas velitas y también una caja de estrellitas para
encender justo cuando nacía el Niñito Jesús. Y allí se terminaban
todos mis festejos para esa Noche. Me dormía feliz, seguramente más
acompañada. Pero al día siguiente, amanecía con mucho calor, según mis
evocativos registros, no teníamos ventiladores, la mesa se armaba
debajo del ombú, su sombra era generosa y con la llegada de la familia
completa y algún oportuno vecino se compartía el almuerzo, el pan, la fe
en el otro, el amor y la esperanza de un mundo mejor. Ese ombú, podría
decir que fue mi árbol, mudo testigo de la inocencia de una época que me
gustaría revivirla aunque sea por unos instantes.
Si se lo pido a Papá Noel, me lo concederá?
María del Carmen
López Atencio
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13/2/2001
Que
siga el Carnaval
Después
de casi 40 años , este fin de semana estuve en el Carnaval de la Nieve de
N. de la Riestra.
Entre
los recuerdos que atesoro de mi niñez estaba muy escondido el de los
corsos de la década del 50. En ese tiempo se realizaban frente a la
Delegación Municipal, en la cuadra del Club Social...
Como
si fuera una película comienza a dibujarse la escena: el boulevard, con árboles,
sus calles de tierra
bien regadas, iluminado al
máximo, hasta donde la tecnología de la época
permitía.
Mesas y sillas en las veredas, en las mesas, las
bebidas. Algunas ya no se estilan como
la cerveza negra que tomaba mi papá, o han pasado al olvido, como la
Bidú Cola o la Naranjina. Poco a poco llegan algunos automóviles, sulkys y
mozos de a caballo, vestidos con sombrero, bombacha y botas, para dar la
vuelta el perro. Las jóvenes en edad de merecer caminan
alrededor del boulevard dando también su vueltita. A la imagen se
incorporan
las carrozas
montadas sobre chatas
tiradas
por tractores, vehículos con diseño ideal para las tareas rurales y
también para
los corsos
por su andar elegantemente lento y de plena vigencia, aún en este
nuevo milenio. Las carrozas lucían su ornamentación, competían por el
premio a la creatividad y brindaban una
plataforma ideal para que se mostraran las más bellas del pueblo.
El
kiosco de los carnavales de ayer tenía productos en extinción: serpentina,
matraca, pitos, papel picado, lanzaperfume, pomo y
antifaz; el de hoy, sólo nieve en aerosol.
Las
alegres mascaritas del pasado jugaban a mantener el incógnito cambiando la
voz, rellenando partes del cuerpo para disimular su sexo, eso, los varones
o, vendándose el busto y poniéndose el traje y
el sombrero del hermano, las mujeres. Para ambos, el antifaz o la
careta eran de uso obligatorio si querían mantener el anonimato el mayor
tiempo posible, ya que por un detalle o por otro, al día siguiente, el
disfraz de cada uno era el comentario de los otros. Ahora las mascaritas
ya no son tantas
y el tema de la sexualidad disimulada
explicita otras connotaciones, otrora privadísimas.
Todo
esta muestra colorida y festiva culminaba en los FABULOSOS BAILES DEL PRADO
ITALIANO, templo circular
de los jóvenes de la época, lugar apropiado para el baile, para
conseguir pareja, para escabullirse de la mirada atenta de los mayores que
también disfrutaban del baile, pero con el ojo largo para cuidar a las
jovencitas. Hoy EL PRADO, con pileta de natación y sede
de un sindicato
ya no convoca tanta juventud pero mantiene intacta su condición
emblemática de Catedral de la Diversión.
Allí,
los muchachos cabeceaban para invitar a bailar, las chicas disfrutaban de
ese pícaro galanteo y terminaban aceptando, aunque el mozo en cuestión
fuera feo, para no planchar y evitar los comentarios
posteriores. La diversión continuaba
mientras las velas ardían o hasta que la orden materna indicara férreamente
que había que volver pa las casas. Hoy por hoy, esos rituales están
en desuso, pero la pista redonda nos sigue invitando a bailar hasta el alba.
Aunque
por razones meramente comerciales los bailes y los corsos eran ocho, el
Carnaval propiamente dicho duraba del sábado al martes;
era feriado
y el protocolo se repetía
todas noches. Al día siguiente, Miércoles de Ceniza, se murió el
Rey Momo, fiesta de guardar, a misa para purgar algún pecadillo deslizado
involuntariamente en el evento y comenzar la Cuaresma como Dios mandaba.
En el 2001 sólo se celebra los sábados de febrero y del feriado se
olvidó hasta el almanaque.
Como
dice la canción, el pueblo de vestía de fiesta. Una fiesta pagana,
esperada por todos para dar rienda suelta a la alegría
y algún que otro sentimiento
escondido que la ocasión daba licencia para liberar arrojando
perfume a un simpatizante o quizás, mojando a alguien por alguna cuentita
pendiente, ¡vaya uno a saber!.
Este
clima de algarabía, divertía sin generar destrozos, ni violencia ni
agresiones y lo más maravilloso que pude vivir anoche, en Riestra, es
comprobar in situ, que esto se mantiene indemne.
Mi mayor sorpresa fue
ver un pueblo que puede convocarse en el boulevard, sin árboles y
con asfalto, celebrar, divertirse, disfrazarse, jugar con la nieve, con más
luces, mejor sonido y
hasta con
videofilmaciones, pero eligiendo lo
mejor que en estos años aportó el progreso y desechando lo demás
para seguir manteniendo el espíritu de una comunidad que vive en armonía.
Que
Riestra y otros pueblos con el mismo candor, no pierdan nunca ese
maravilloso clima que se respira allí.
Ma.del
C. López Atencio
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